Quaderns de Psicologia 2025, Vol. 27, Nro. 1, e2018 | ISSN: 0211-3481 |

https://doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.2018

Violencias de la pandemia: relatos en grupo de acontecimiento

Violence during Pandemics: Outlines in a “Group of Event”

Mario Orozco-Guzmán

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Hada Soria-Escalante

Universidad de Monterrey

Jeannet Quiroz-Bautista

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Resumen

El artículo muestra los hallazgos de un trabajo investigativo dentro del dispositivo clínico de grupo de acontecimiento sobre relatos de violencia durante la pandemia. Los relatos de dos mujeres sobre la violencia de la pandemia de COVID-19, en tres versiones escritas a manera de tres momentos, dan cuenta de fases de elaboración analítica sobre el costado violento de la pandemia, donde la significación y resignificación de los sucesos abre oportunidades de reflexión e historización de los eventos en la subjetividad de las participantes. Se escribe, verbaliza y reestructura el suceso en el relato histórico de cada sujeto en su singularidad. Se propone este dispositivo clínico-metodológico como una manera de elaboración de eventos disruptivos en la subjetividad.

Palavras-chave: Grupo de acontecimiento; Violencia; Pandemia; Narrativa

Abstract

The manuscript addresses the findings of a research situated inside a clinical device named “group of event”, in order to approach some outlines related to violence episodes during the pandemic. These outlines derive from two women parsing into the violence angle of pandemics, by writing three versions in three different moments about their experiences in pandemics, as an opportunity to signify and re-signify the events of violence in pandemics, by reflecting and assimilating these events in their subjectivities. We propose this clinical and methodological device as a path towards elaborating and processing disruptive events inside the history and subjectivity of participants.

Keywords: Group of event; Violence; Pandemics; Narrative

Principios del grupo de acontecimiento

El grupo de acontecimiento es un dispositivo clínico de intervención grupal, creado originalmente para abordar posiciones de intolerancia en escenarios de violencia (Orozco-Guzmán y Arredondo, 2017; Orozco-Guzmán et al., 2017). Quienes componen el grupo escriben de manera personal tres versiones de lo insoportable del episodio vivenciado. Cada versión sucesivamente marca diferencias de entendimiento e interpretación en la medida en que el sujeto no tiene a la vista la escritura previa y en se le insta a reescribir hasta en tres ocasiones su experiencia. La participación del grupo en la elaboración subjetiva radica en la lectura del escrito en voz de otro, así como en los momentos reflexivos que se abren entre las tres versiones del escrito, en donde el grupo participa de su análisis y entendimiento mediante el intercambio de ideas. “importa en ese sentido que el sujeto se escuche, que escuche la escritura de su episodio histórico, desde otro lugar, desde otra voz. Se apuesta por otra manera de escucharse” (Orozco-Guzmán, 2022, p. 37). Así, la producción escritural está formada por la interacción grupal, los ecos de los otros que permiten que el autor tome distancia respecto de lo que escribió. De esta manera, lo grupal hace emerger la relación del sujeto con las palabras de los otros, mismas que determinan el cómo se va modificando la experiencia entre las distintas versiones del escrito. Así, quienes le acompañan en este proceso darán lectura a los escritos de sus dos primeras versiones. Solo la tercera versión será leída por quien ha elaborado su escritura. Cada sujeto en el grupo participa entonces como testigo y portavoz de las experiencias de quienes integran el grupo. Bajo estos supuestos, haremos énfasis en las versiones del acontecimiento, y no tanto en las intervenciones grupales que generaron el cambio en los escritos, puesto que es justo el cambio el que da cuenta de la elaboración subjetiva a nivel grupal y personal, en la medida en la que los escritos de todos los participantes cambian. En esta vertiente de praxis, el grupo se despliega como “un paradigma metodológico apropiado para el análisis de los conjuntos intersubjetivos” (Kaës, 1995, p. 21). Lo que se analiza en sentido estricto son los decires y sus variantes a través de la palabra y escucha de otros, y en relación con las versiones en torno al acontecimiento. Esto es planteado como “transformación del estado de las cosas y puesta en juego de la temporalidad, la paradójica tensión entre presencia y ausencia, lo irreductible de la experiencia personal que sin embargo nunca deja de ser colectiva” (Arfuch, 2013, p. 65). La transformación, la temporalidad, la alternancia presencia-ausencia y la socialización de lo personal es factible por la puesta en palabras, en relato, bajo escritura y verbalización con otros y para otros, de una experiencia que se encuentra, como dice Jaques Lacan (1958-59), “al límite de lo soportable” (Clase del 18 de marzo de 1959).

Los estragos de las epidemias como episodio violento

Las epidemias han sido caracterizadas como situaciones de violencia por el efecto destructivo de vidas humanas. Condicionan y restringen las vinculaciones interhumanas, haciendo pesar sobre los sujetos la angustia, el terror, y la sensación de desvalimiento. En la crónica que emprende Daniel Defoe (2021) de la peste de Londres en 1665, es indispensable destacar las expresiones de las personas cuando el cadáver de un ser querido o un amigo, víctima de la epidemia, es trasladado de algún callejón hacia el cementerio: “varias veces gritaban ‘¡Asesinos!’” (p. 256). Esas exclamaciones se dirigían a quienes se hacían cargo, generalmente gente en situación de pobreza, de recoger y hacer ese desplazamiento de los cuerpos. Como si los responsables de esta amarga tarea propiamente encarnaran la peste en su carácter letal. Para Albert Camus (2020), la epidemia que encierra y aprisiona a los habitantes de Orán, entre los muros de su propia ciudad, llega a dar la impresión de que ellos mismos se “estrellaban continuamente contra las paredes que aislaban aquel refugio apestado de su patria perdida” (p. 65). Los efectos violentos de esta peste son los mismos que el asedio de una situación de violencia, como la del crimen organizado, donde el sujeto tiene desconfianza hasta del “vecino, que es capaz de darle la peste sin que lo note y aprovecharse de su abandono para inficionarlo” (p. 165). Minadas las posibilidades de confiar en el otro, resulta difícil crear o sustentar las condiciones para los vínculos estrechos del amor y la amistad. El doctor Rieux, testigo cronista o portavoz de los estragos de la epidemia en Orán, indica cómo el carácter violento de esta comienza precisamente con la imposición brutal de la separación entre personas que sostienen una relación de amor. Intempestivamente, aparece el sufrimiento de la ruptura “mezclado a aquel miedo” (p. 59) ligado a lo inminente del peligro de contagiarse de una afección-infección de la cual se desconocían sus características y condiciones, aunque se saben sus efectos mortíferos. Más aún, el miedo es en sí mismo violencia, quiebre subjetivo, rotura de lazos de comprensión y afianzamiento con los otros y la continuidad histórica: “una amenaza aguda, enorme, rompe los esquemas de la consciencia espacio temporal” (Sofsky, 1998, p. 64). La amenaza signa la impresionante repercusión de un acontecimiento en tanto que divide nuestra vida y nuestro ser entre las rutas seguras del pasado y la angustia por el porvenir.

Ludovic Desjardins (2020), psicólogo clínico en el Hospital Simone Veil en Eaubonne, emplea precisamente el término violencia para referirse al “contexto COVID” (p. 186). Más allá de los estragos somáticos que ocasiona el virus, señala la violencia social en diferentes aspectos a partir del internamiento de un paciente en el hospital donde se ocupará específicamente del trato con enfermos considerados como no susceptibles de reanimación. Da cuenta de ese contexto en diversas plasmaciones: aislamientos tanto del paciente afectado como de su entorno familiar en virtud de la medida del confinamiento. Los componentes de este entorno, no pudiendo hacer visitas, solo pueden seguir la evolución de su ser querido a distancia. En caso de fallecimiento, es estrictamente forzoso tanto no ver el cuerpo como que las ceremonias fúnebres restrinjan el número de asistentes. Lo violento de este contexto resulta desbordante y, por eso, incluye las expresiones de cólera ante la muerte de un ser querido en condiciones de soledad y terrible aislamiento: “pero, al final, sin embargo, ha muerto solo, como un perro” (p. 187). Es lo que exclama una chica ante el deceso de un padre con el cual había roto relación antes de enterarse de su hospitalización. La violencia en la expresión, según Desjardins, podría no ser sino reverberación del corte en el lazo afectivo con el padre, pero igualmente podría ser una puesta en palabras de lo violento que resultaba para ella la muerte de su padre en estas condiciones.

Las epidemias crean condiciones de contextos y escenarios violentos donde la vivencia de impotencia se vuelca en clamor agresivo. Giovanni Boccacccio (1998) puntualmente cuestiona, aludiendo a la terrible epidemia que azotó Florencia en 1348, lo siguiente:

¿Qué más se puede añadir, sino que fue tanta la crueldad del Cielo y tan grande la culpa de los hombres, que desde marzo hasta julio siguiente, ya por la violencia de la peste o por estar muchos enfermos abandonados por el miedo que inspiraban a los sanos, que se tiene la certeza de que perdieron la vida dentro de los muros de Florencia más de cien mil personas? (1998, p. 16)

Por el efecto tan avasallador de su violencia, parece que una epidemia nunca tendrá fin. Más bien, la epidemia y la violencia, según la visión apocalíptica de San Juan, marcarán con plagas y guerras el fin de los tiempos. A las epidemias se les ha asignado sobre todo el sentido de castigo divino, como lo reafirma Daniel Defoe (2021) en su amplia crónica de la devastación y las calamidades desatadas por la epidemia londinense. A tal grado se sospecha la presencia de un Dios severo y punitivo, que habitantes de la ciudad en su desesperación llegaron a “insultar a Dios y sus siervos” (p. 104). Lo que ocurre es que al situar a Dios como instancia violenta en el ejercicio del castigo, se le adjudica una pasión humana. Es decir, se procede a humanizarlo y eso abre la posibilidad de cuestionarlo y confrontarlo. Como en el caso del episodio bíblico de Job. En la situación del contexto de violencia de COVID-19 a dónde dirigir un reclamo, una reivindicación, sustentadas en la cólera incontenible: “El destinatario no es identificable, en el sentido en que el COVID-19 no está encarnado” (Desjardins, 2020, p. 189).

¿Cómo es que la epidemia, en tanto acontecimiento de lo real, como “acontecimiento histórico fundamental, inaugural del siglo XXI” (Leitão Martins, 2022, p. 218), puede constituirse en agente de cambio? Jacques Rassial (2001) indica las condiciones de situación límite que impone el acontecimiento: “El acontecimiento, intervención de la Historia, del real social como la guerra, por ejemplo, del real corporal como la enfermedad, tanto más cuanto que, por razones epidemiológicas o endémicas, constituye ya una realidad social (el Sida, por ejemplo)” (p. 143). Esta situación límite de un acontecimiento como la pandemia conduce a la cuestión de lo traumático que puede ser, como la violencia misma, de efectos desestructurantes. Es algo parecido a plantearse en qué medida aprendemos de un acontecimiento y su vértigo ominoso. En qué medida estructuramos un saber en relación con eso que ha acaecido de modo brusco e inesperado. El testimonio del doctor Bernard Rieux, en la obra de Camus, sobre la peste en Orán es demoledor: “Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo” (p. 240). ¿Se ha ganado en conocimiento lo que se ha perdido en vidas humanas? ¿Cómo plantearse un conocimiento que se gana en función de situaciones de trabajo de duelo sumamente agobiante? Rieux describe a los ciudadanos de Orán que se muestran escépticos ante la disminución de los estragos de la peste. Ellos no tienen prisa por volver a estar alegres. El tiempo les había “enseñado a ser prudentes y les había acostumbrado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia” (p. 221). Aunque algunos se ilusionan con la idea de borrar su pasado “hasta partir de cero” (p. 231) ¿Es posible borrar el pasado partiendo de cero? ¿Acaso el cero no cuenta en la contabilidad o conteo de nuestra historia? ¿El cero no sería este mismo acontecimiento de la pandemia en tanto capítulo de una historia que se quisiera borrar? El cero, la disyuntiva, el ser o la muerte, el ser o el acaecer de la pandemia, se presentifica en el estado de alerta en que todavía se encuentran muchas comunidades. Habían aprendido del exilio de los lazos sociales, del exilio de esa auténtica patria que parecía y merecía localizarse “en las malezas olorosas de las colinas, en los países libres y en el peso vital del amor” (p. 247).

Abordando los bordes de lo traumático

¿Qué ha sido lo más insoportable del acontecimiento de la pandemia para algunas de las personas que estudian a nivel universitario? Hicimos un breve, pero intensivo ejercicio de grupo de acontecimiento con seis personas que aceptaron la posibilidad de testimoniar su experiencia, haciéndonos saber las significaciones que adquirieron en su vida subjetiva y en sus relaciones con los otros el impacto de la epidemia1. En este encuentro, de retorno a las actividades presenciales a nivel institucional, la:

Subjetividad se presenta como testigo, para aquellos que no pueden hablar. El testimonio es una potencia que accede a la realidad a través de una impotencia de decir, y una imposibilidad que accede a la existencia a través de una posibilidad de hablar. (Saladin, 2003, p. 17)

El grupo de acontecimiento, lo reiteramos, es un dispositivo de clínica grupal de inspiración psicoanalítica que hemos logrado instrumentar como una estrategia de trabajo para abordar situaciones límite para testimoniar acerca de estas vivencias que hacen borde con lo real de un trauma. Podríamos insertar esta propuesta de colectivo clínico dentro de lo que Isabel Díaz Portillo (2015) denomina grupos especiales “para víctimas de distintos tipos de traumas: desastres naturales, incesto, violación, o agresión física del cónyuge” (p. 415). Sin embargo, en la medida en que un sujeto ejerce la palabra para abordar, bordear y bordar el acontecimiento, se desprende de su condición de víctima. Quienes integran el grupo se cuestionan y solidarizan para que nadie permanezca y se solace en la condición de víctima: “para que ella retome su historia, es necesario que esta etapa de víctima no sea demasiado buen negocio” (Sibony, 1998, p. 191). Es un trabajo colectivo donde las palabras (se) abren el poder de testimoniar reformulando la historia del acontecimiento.

El grupo de acontecimiento retoma la concepción primordial de Sigmund Freud (1893-95/2006) sobre la puesta a prueba de la tolerancia del yo ante situaciones de violencia en el plano de las representaciones. Se refería Freud específicamente a situaciones críticas a nivel psíquico, a condiciones que designaba como de “inaccesibilidad asociativa” (p. 108) debido a que el yo no podía tramitar el afecto que acompañaba a representaciones que le resultaban inconciliables para el resto de su sistema de representaciones sociales, éticas y morales. El yo intenta implementar medidas defensivas pese a que enfrenta algo que amenaza desbordarlas. El acontecimiento en su carácter de insoportable pasa en primera instancia por un acto de escritura de cada persona participante del grupo. El descubrimiento del inconsciente por parte de Freud en el trabajo de escucha de sujetos que padecían histeria permite dar cuenta de la relación entre un acontecimiento violento y lo traumático. Este descubrimiento se sustentaba en hacer hablar algo intolerable para la conciencia, algo que se resistía a verbalizarse y exponerse. Nos referimos al suceso de los abusos sexuales cometidos por adultos contra niños y niñas. Hablar suponía sacudir un recuerdo que el sujeto preferiría suprimir de su historia. En ese sentido, hablarlo era volverlo a introducir en la historia, en la vida misma del sujeto. Freud no pedía que escribieran el suceso traumatizante, pero al instar a ponerlo en palabras era equivalente a escribirlo y hacerlo pensable. Es decir, propiciaba darle otra lectura, otras significaciones. Es lo mismo que nos proponemos en este dispositivo de clínica grupal en torno al acontecimiento. Quienes acompañan al sujeto en este proceso abren con su palabra y escucha abanicos de sentido donde “lo verdadero no lo es apriorísticamente sino que se va constituyendo, va siendo, se va revelando como tal en cada instante” (O’Donnell, 1984, p. 164).

El hacer pasar a la escritura es un primer esfuerzo para darle soporte de letra a algo verdaderamente insoportable. La escritura aparece como vehículo de recordación, de “puesta en forma —y en orden— de la vida que solo la narración hace posible, del combate —con otras armas— contra la finitud” (Arfuch, 2013, p. 46) La experiencia de Desjardins (2020) con familiares de una persona en esta condición hospitalaria de aislamiento, y pocas posibilidades de recuperación, revalora el sentido y alcance de un escrito. Ante la inhibición o interdicción de la circulación citadina, existe una alternativa a la prioridad de la circulación de la producción mercantil: la circulación de la palabra escrita. Desjardins pide a los parientes sometidos a esta violencia del contexto COVID que por la vía de correo le hagan llegar palabras, fotos o cualquier otra cosa que quieran transmitir como mensaje a su ser querido. Desjardins, en su papel de mediación, encuentra en esos mensajes ingenio, originalidad y creatividad:

Yo los imprimo, los traigo a los pacientes, a veces los cuelgo en sus recamaras, si ellos lo desean. Estas palabras y estas imágenes parecen sostener algo y son con bastante frecuencia esperadas. Pueden ser soporte igualmente de intercambio para los colegas cuidadores, durante sus visitas. Estos pedazos de vida vienen de este modo a ocupar los muros y permitir una forma de compartir. (2020, p. 191)

Estos pedazos de papel vinieron a hacer bullicio en donde imperaba el silencio, el silencio de lo mortífero. Hacen el ruido inherente a las pulsiones de vida, como sugiere Desjardins, en tanto contienen y sostienen palabras y rememoraciones. Son un modo de intentar rehacer el vínculo violentamente roto por el internamiento hospitalario. La propuesta de grupo de acontecimiento suscribe esta pretensión de una clínica de lo posible, para retomar el título del trabajo de Desjardins, en función de la escritura testimonial, la cual encara lo imposible de estas experiencias cuya violencia ponen a los sujetos en el límite de las posibilidades de asimilación simbólica.

El grupo de acontecimiento al que hacemos referencia, fue abierto a todo el estudiantado, mas finalmente se conformó por mujeres dispuestas a dar testimonio de esta experiencia, misma que cuestiona su capacidad de dar cuenta de algo que parecía desbordar su yo. Elena Poniatowska (2016) indica, en relación con esta cuestión, la oposición entre acontecimiento y cultura:

A mi lado y en mí se suceden los acontecimientos sin que yo los provoque, sin que yo los oriente. Todo ya está dado de antemano y yo no tengo más que padecerlo. En tanto que en el mundo de la cultura todo tiene que hacerse, que crearse y mantenerse por el esfuerzo. (p. 119)

No obstante, algo se puede hacer ante el acontecimiento más allá de padecerlo. Algo se puede hacer mediante el esfuerzo cultural, a través o con el lenguaje, herramienta fundamental de la cultura. Se pueden desarrollar esfuerzos de significación y entendimiento, donde el grupo hace emerger la posibilidad de:

Hacer-deshacer-rehacer versiones testimoniales sobre un acontecimiento que le dio un giro rotundo a nuestra historia. El otro no sólo interviene con su palabra sino también con su escucha, lo que abre la posibilidad de constituir colectivos de compromiso con la autenticidad” (Orozco-Guzmán, 2023).

Díaz Portillo (2015) señala que la pretensión en estos grupos especiales es coadyuvar a que el abordaje de los efectos traumáticos sea mediante la comprensión y elaboración de los mismos. Para nosotros, el proceso elaborativo va más allá de la comprensión que se sustenta en la dimensión imaginaria de la identificación. No se trata de que quienes integran un grupo compartan sus ideas para hacer consonancia empática. Se pretende trabajar en relación con la trama significante, con la cual han abordado, bordeado y bordado la experiencia traumatizante de la pandemia. Se elabora el testimonio, siguiendo a Catherine Saladin (2003), de una por una de las participantes mujeres en el colectivo, en este caso, pero con la participación de la palabra, la voz, y la historia de la otra. Lo que se procesa, deshaciéndose y rehaciéndose, mediante la palabra, es justamente la tentativa de comprensión: “Si la Durcharbeitung es necesaria, sin duda es porque es necesario que se recorran cierto número de circuitos, en diversos sentidos del término, para que la función de simbolización de lo imaginario se cumpla eficazmente” (Lacan, 1956-57/1994, p. 276, cursivas del original). Incluso si los circuitos son los de la repetición del discurso, encontramos aperturas, aventuras y avenidas de significación inédita, hallazgos y descubrimientos en el pasaje de una versión a otra del acontecimiento.

Avatares de narrativas en torno al acontecimiento

Presentamos a continuación dos testimonios surgidos en la sesión de grupo donde se brindan las tres versiones del acontecimiento, mismos que fueron elegidos por mostrar cómo lo dicho se abre paso un decir distinto, a una revelación donde se trastoca el sentido del acontecimiento.

Maricela (Primera versión)

Lo más difícil que he experimentado en la pandemia.

*La integración de mi familia

- Conocernos

- Adaptarnos

- Pensar igual

* Pérdida

- Miedo de perder a mi mamá

- Pérdidas de tíos

* Problemas

- Económicos

- Adaptativos

- Raciones de comida

* Escolar

- Poco aprendizaje

- Ninguna motivación

(Segunda versión)

Lo más difícil que todos pasamos en la pandemia.

* Hubo pérdidas de familiares y conocidos, y ese tema a todos nos provocó miedo y angustia, haciendo que todos nos diéramos a la tarea de protegernos, apoyarnos y cuidarnos.

* En la situación familiar nos costó trabajo adaptarnos, pero no fue tan difícil tomar esa decisión ahora que lo veo desde otra perspectiva, en donde todos, por amor y cariño, tomamos la decisión de estar juntos y cuidarnos como familia.

* Temas de problemáticas, ese tema, ahora visto desde otra perspectiva, creo que no fue tan malo, pues al final la pequeña ración de comida, los problemas económicos o de adaptación no importan mientras hubiera amor y apoyo.

(Tercera versión)

Lo que parecía un problema, pero terminó siendo benéfico durante la pandemia

* Las pérdidas familiares resultaron dolorosas y provocaron miedos y angustias que generaron reacciones de cuidado, protección y unión.

* Mi situación familiar resultó ser un problema, pero terminó siendo un beneficio porque la respuesta a la acción fue favorable al tener en la actualidad otro punto de vista y generó la respuesta de apoyo, comprensión y unión

* Problemáticas, lo que parecía un problema, generaba negatividad, pero cambiando la perspectiva, se encontró el gran beneficio a no querer más de lo que necesitábamos y a disfrutar lo que realmente vale, pues los “problemas” vienen y van y eso no cambiará, en cambio, la familia, amigos, etc. eso nunca es eterno.

En el caso de Maricela, destaca, a partir de la segunda versión, el cambio de perspectiva recalcado por el decir de ella misma, ¿cambia su discurso al escuchar los otros discursos o al escuchar(se) su primera versión escrita y leída por otra compañera del grupo? El contenido de las reflexiones e intervenciones grupales entre versiones provoca el movimiento de los escritos. Sin embargo, para fines del presente artículo, mostramos justo ese movimiento, más que las interacciones que llevaron a él, haciendo énfasis en los efectos subjetivos del acontecimiento subjetivo, ahora releído y reescrito con la participación del grupo que hace eco y análisis a partir de su escucha y sus propias expriencias. Así, las diversas versiones muestran la participación grupal, que pudo abrirse desde una serie de preguntas, reflexiones de otros participantes, del tono de la lectura misma, etc. Algo que resulta relevante en las primeras observaciones que hace Wilfred Bion (1985) de sus experiencias en grupos, para estudiar como tarea en colectivo sobre las neurosis personales, es precisamente esta apertura al cambio de perspectiva: “De la misma manera, en un grupo, el total de lo que está ocurriendo es el mismo, pero el cambio de perspectiva puede destacar fenómenos completamente diferentes” (p. 73). Para este cambio de perspectiva, a veces basta con que alguien en un grupo se encuentre y se sienta verdaderamente escuchado. Lo cual supone en buena medida que lo que ha venido diciendo tenga repercusión o significancia en otro u otra persona del grupo. De esta manera, la diferencia surge de escucharse en otra persona, a través de lo que dice otra persona, pero también de escuchar en lo que dice otra persona algo de su propia historia y de su propio sufrimiento. Por tanto, esta historia y este sufrimiento dejan de ser enteramente propios. El grupo despliega una “puesta en común de las angustias, de los fantasmas, de las emociones” (Anzieu, 2016, p. 30), que no deja también de reconocer y considerar las diferencias marcadas por historias individuales. Esa comunicación y comunidad del dolor subjetivo involucra la participación de una polifonía interpretativa que desliza y matiza los cambios de perspectiva ética: “asunción de una posición polifónica que multiplica las subjetividades” (Arfuch, 2013, p. 102).

En consecuencia, Maricela contrapone lo que es efímero, transitorio, como la familia y la amistad, con lo que nunca tendrá fin y que categoriza como “los problemas”. La pandemia, inscrita en el circuito de la elaboración repetitiva en grupo, deja de ser algo completamente maligno. Ha permitido valorar lo que menos dura, la fragilidad de las relaciones con la gente que uno más quiere, por lo cual es importante resaltar un cambio que apenas se advierte entre la primera y segunda versión. En la primera versión, Maricela indica: “Lo más difícil que he experimentado en la pandemia”. En la segunda escritura, a la que le pone voz otra compañera del grupo, se dice: “Lo más difícil que todos pasamos durante la pandemia”. La dificultad deja de ser un asunto de ella y pasa a ser una cuestión de todos. No solo de su familia, sino del grupo del cual forma parte y del mundo en general. En la tercera versión, la pandemia, que en este procesamiento se vuelve un asunto común, de comunidad, trajo un cierto beneficio al posibilitar establecer relaciones de apoyo y comprensión entre los componentes de la familia. La primera versión es la de la problematización amplia que produjo la pandemia, causando tanto pérdidas como miedo a la pérdida. El miedo particular de llegar a perder a la mamá, que se plasma en la primera versión, ya no reaparece en las siguientes dos versiones. ¿Sería tal vez debido a que en las dos siguientes versiones aparece este planteamiento de las respuestas de protegerse y cuidarse ante las condiciones de miedo y angustia? Es como si, a partir de la segunda versión, Maricela diera cuenta acerca de la manera en que se posicionaron como grupo, como familia, para responder ante el sufrimiento que estaban viviendo. Aparece incluida, solamente en la primera versión de su discurso, la problematización de la vida escolar, donde se sitúa la pérdida de motivación para aprender. Esta cuestión no se reitera en las siguientes versiones. ¿Se diluye en la medida en que pasa a ocupar la situación familiar un lugar central en el despliegue de su palabra? ¿O quizás el problema escolar pertenece a ese ámbito amplio de problemas que van y vienen, que no parecen permanecer y que no suscitan tanto miedo y angustia?

El discurso de Maricela tramita igualmente el problema de la adaptación señalado en las dos primeras versiones. En la primera versión se indica en la medida en que forma parte de los problemas que resultaron más difíciles de sobrellevar. En la segunda versión se indica que los problemas de adaptación dejan de importar ante la relevancia que cobran el amor y el apoyo. En la tercera versión ya no se explicita este asunto. Podríamos indicar que, con su palabra, Maricela propone una postura de lo que Enrique Pichon-Rivière (1978) designaba “adaptación activa a la realidad” (p. 125), la cual deriva de echar a andar un proceso de flexibilización en la dinámica de roles dentro de las modalidades operativas en los grupos. Desaparece la adaptación como significante en la tercera versión, quizás en la medida en que las ansiedades movilizadas por la situación de pandemia fueron resueltas como una tarea de grupo.

Carolina (Primera versión)

Considero que lo más difícil fue el inicio porque el caos y la incertidumbre no daba indicio de esperanza y paz.

Creo que la gran responsabilidad que se daba hacia nosotros mismos y con el otro era realmente abrumadora, parecía como si la vida de tus seres amados estuviera en tus manos y que ante el mínimo descuido, la vida se desvanecería.

El propio miedo a vivir y morir se volvía pesado.

(Segunda versión)

Creo que lo más difícil fue la incertidumbre al vivir o morir.

Es pesado el sentimiento de angustia sobre el cargo de la vida de otras personas, mi familia principalmente.

(Tercera versión)

Considero que lo más complicado fue el inicio, ya que había demasiada incertidumbre respecto a la salud, parecía que la muerte era inminente.

El tener que estar cuidando del más mínimo detalle para no contagiarte o contagiar a alguien, era muy pesado. Ese miedo a morir o ver morir a alguien, era cada vez más agobiador.

La primera y la segunda versión coinciden en que lo más difícil o complicado estuvo al principio de la pandemia y en relación con la incertidumbre. Este significante, “incertidumbre”, se encuentra presente en las tres versiones. Primero para referirse a algo que, junto con el caos, no brindaba ni paz ni esperanza. En la segunda versión aparece plasmado en relación con la disyuntiva de morir o vivir. Y en la última versión la incertidumbre aparece en su carácter de demasía con referencia a la salud, y puntualmente, con relación a la inminencia de la muerte. La relación morir-morir es colocada, en la primera versión, como de conjunción en función de un miedo que resultaba pesado. El miedo a vivir es miedo a morir y viceversa, en tanto la vida se puede desvanecer, puede devenir muerte, frente al menor descuido: “La violencia de la confrontación con lo real de la muerte provoca un verdadero apabullamiento del yo” (Kacha, 2017, p. 166). Freud (1893-95/2006), por su parte, se refería a cómo los momentos agudos de una afección histérica implicaban un estado de “avasallamiento del yo” (p. 270). Se alcanza a advertir en la primera versión del testimonio de Carolina la condición abrumadora de una responsabilidad por la vida de otros. En las siguientes versiones ya no nos encontramos con la palabra responsabilidad ligada a la idea de que la vida de seres queridos dependiera de ella, pero se presenta la angustia en ese sentido y el agobio del miedo de morir o ver morir a cualquier persona. Por primera vez, en la última versión del relato, aparece el miedo respecto a la muerte propia.

En la segunda versión figura la encrucijada vida o muerte como asunto de incertidumbre. Es lo señalado como lo más difícil de entrada y ya sin conexión con el “caos” señalado en la primera versión. Precisamente Jack London (2017), en su ficticio relato de una pandemia en un imaginario 2013, recurre al significante “caos” (p. 50) para referirse al estado que prevalecía en varias ciudades donde se habría disuelto tanto la ley como el orden y los cadáveres inundaban las calles. Esta condición de disyuntiva o alternativa de vida o muerte es propia de lo que Michel Wieviorka señala, dentro de las figuras de la relación sujeto-violencia, como derivada del sujeto en situación en riesgo, en situación límite: “cuestión de autoconservación de la persona sintiéndose amenazada en su ser mismo” (p. 299). Refiriéndose a la epidemia londinense de 1665, Defoe (2021) llega a señalar cómo “la propia supervivencia parecía ser el principio primordial, pues los hijos huían de sus padres, mientras estos morían entre atroces dolores” (p. 168). Del mismo modo, la pandemia se llegó a presentar bajo la imagen de una otredad con la cual o a través de la cual la vida misma se confundía con la muerte. Sería la presencia intrusiva y abrupta de una otredad ominosa que infunde terror, la otredad corrosiva y virulenta de la muerte: “aquí lo ominoso está demasiado contaminado por lo espeluznante y en parte tapado por el mismo” (p. 241). También, en el relato de Defoe (2021), figura como presencia de un mal que puede estar latente entre humores y arterias durante un tiempo prolongado, un enemigo ante el cual también es indispensable tomarse tiempo para combatirlo, y así, “vencerlo o sucumbir” (p. 284), lo cual obliga a pensar, como lo indica Luiz Paulo Leitão Martins (2022), en el advenimiento traumatizante de pandemia por COVID-19, lo indispensable que resulta plantearnos la condición finita y efímera del ser humano como “proyecto de apertura a lo que supera la individualidad, teniendo en cuenta la alteridad del otro en la constitución de un nuevo vivir juntos” (p. 228).

Conclusión

De los estragos de las pandemias como episodios violentos a lo largo de la historia de la humanidad, comandados por la destrucción y la restricción del encuentro entre sujetos, y bajo el padecimiento abrumador de angustia y terror, se muestran los efectos violentos del encierro, en la medida que aleja al sujeto del amor y lo acerca a la soledad y el miedo. La pandemia, como acontecimiento real, pero también simbólico, aborda los límites de lo traumático en esa violencia que atraviesa los discursos.

Dentro del grupo de acontecimiento, se convocan las subjetividades desde la intersubjetividad, de forma que se retoman los acontecimientos violentos de una forma distinta en la historia. Se busca enunciar y también significar y resignificar. Se ofrece la escritura como primer soporte a la letra para la posibilidad de enunciación. El acontecimiento de la pandemia y sus violencias se padece, pero también encuentra formas de ser propio soporte y soporte de y con los otros. Los relatos escritos de las participantes, sus testimonios, dan cuenta de algo que se enlaza desde la propia historia hasta su articulación con los otros, a manera de hacer comunidad de la violencia de la pandemia, y así hacer pasaje desde la soledad y el miedo, a una suerte de afecto y afección compartida. La incertidumbre, por su parte, permite convocar afectos antes no reconocidos y también en su carácter de compartidos, como el miedo, el caos y la muerte. Se destaca entonces el carácter de valor clínico y terapéutico del escrito y la lectura de testimonios en un contexto grupal.

Referencias

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Mario Orozco-Guzmán

Profesor investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México. Doctorado en Psicología por la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia, España. Coordinador del Cuerpo Académico Consolidado: Estudios sobre teoría y clínica psicoanalítica. Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII).
mario.orozco@umich.mx
https://orcid.org/0000-0001-5365-9966

Hada Soria-Escalante

Profesora investigadora de la Universidad de Monterrey, México. Doctora en Psicología por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Miembro de la Association for the Psychoanalysis of Culture and Society.
hadasoria@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-0714-8924

Jeannet Quiroz-Bautista

Doctora en Psicología por la Universidad Veracruzana. Profesora Investigadora en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Miembro del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación del Estado de Michoacán.
jeannet.quiroz@umich.mx
https://orcid.org/0000-0002-7925-3785

Formato de citación

Orozco-Guzmán, Mario; Soria-Escalante, Hada & Quiroz-Bautista, Jeannet. (2025). Violencias de la pandemia: relatos en grupo de acontecimiento. Quaderns de Psicologia, 27(1), e2018. https://doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.2018

Historia editorial

Recibido: 03-03-2023
1ª revisión: 23-02-2024
2ª revisión: 19-07-2024
Aceptado: 08-11-2024
Publicado: 01-04-2025

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1 El trabajo de grupo de acontecimiento se llevó a cabo en la universidad de adscripción de los autores, en el marco del proceso institucional de revisión de viabilidad para retorno a actividades presenciales después de la pandemia. Se llevó a cabo una convocatoria abierta a estudiantes con consentimiento informado para uso de los testimonios con fines de recabar información sobre el estado subjetivo del estudiantado para retomar la presencialidad, así como con fines académicos y de investigación. Como resultado, se formó un grupo de estudiantes universitarias, quienes respondieron a la convocatoria fueron todas mujeres. Toda información de identificación de las participantes ha sido removida y los nombres han sido cambiados.