Quaderns de Psicologia | 2022, Vol. 24, Nro. 3, e1720 | ISNN: 0211-3481 | 
https://doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.1720

Youth and feminism in Argentina. Movements and orientations of high school students in Córdoba
Marina Tomasini
Instituto de Humanidades. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas/Universidad Nacional de Córdoba
Resumen
La irrupción del Ni Una Menos en Argentina, en 2015, conlleva una masificación de los activismos feministas y un hito en la historia de participación de jóvenes adolescentes en el feminismo local. En este artículo analizo movimientos y orientaciones de estudiantes de escuelas secundarias de Córdoba en torno al feminismo. Recupero el planteo de Sara Ahmed y pienso al movimiento como una forma de orientarse y entrar en contacto con un objeto. Me pregunto por los modos de afectación a partir de ese contacto entre jóvenes y feminismo. Las entrevistas realizadas a estudiantes me permitieron construir tres categorías: acercamiento, se expresa como identificación incondicional con el feminismo como en forma ambivalente; contacto fáctico y rechazo. Junto a estos movimientos, considero menciones a la indiferencia ante al feminismo. Estas categorías permiten pensar en procesos subjetivos que se van configurando desde lo social y son dependientes de los contextos y las situaciones vividas.
Palabras clave: Adolescente; Feminismo; Activismo; Conservadurismo
Abstract
The emergence of Ni Una Menos (Not One Woman Less) in Argentina, in 2015, entails a massification of feminist activism and a milestone in the history of young adolescents’ participation in local feminism. In this article, I analyze movements and orientations of high school students in Córdoba in relation to feminism. Starting from Sara Ahmed's approach, I reflect on movement as a way of orientating towards and coming into contact with an object. I inquire about the modes of affectation resulting from this contact between young people and feminism. The interviews conducted with students allowed me to construct three categories: approach, expressing unconditional or ambivalent identification with feminism, factual contact and rejection. Along with these movements, I consider mentions of indifference to feminism. These categories allow us to think about subjective processes that are socially shaped and are dependent on the contexts and situations experienced.
Keywords: Adolescent; Feminism; Activism; Conservatism
La irrupción del Ni Una Menos (NUM) en Argentina, en el año 2015, implicó la masificación de los activismos feministas. El foco inicial de los reclamos estuvo puesto en el femicidio y la violencia machista. En sucesivas marchas y acciones, los reclamos se fueron ampliando en articulación con el Paro Internacional de Mujeres y el debate parlamentario del Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), movimiento que fue denominado “la marea verde”. En este escenario, las jóvenes adolescentes adquieren visibilidad como sujeto político. Retoman reclamos presentes en los feminismos y movimientos LGTBIQ+ y le imprimen una marca generacional. Renuevan y expanden repertorios de acción y lenguajes expresivos presentes en ambos movimientos: perfomances en las calles, plazas o escuelas; asambleas y ocupación de colegios; e intervenciones festivas en las marchas. A ello se suma el activismo en redes sociales y otros espacios de sociabilidad, como la instauración de “Femitrullas”, para cuidarse en las fiestas ante eventuales situaciones abusivas.
Esta dinámica de participación ha recibido notable atención en la investigación local, aunque se ha considerado escasamente las diferentes posiciones de jóvenes ante el feminismo, en un contexto de tendencias coexistentes y en disputa. Junto con la extensión y capilaridad del feminismo hay un persistente clima de rechazo promovido desde discursos neoliberales que, sustentados en la “ficción de igualdad” (Rodigou Nocetti et al., 2018), interpelan especialmente a las adolescentes desde retóricas de éxito individual o “empoderamiento” al tiempo que desalientan su implicación política. El repudio es visible, asimismo, desde actores conservadores que adquieren expresión en los movimientos autodenominados Provida y Con Mis Hijos No Te Metas. Se trata de grupos con capacidad de presión sobre jóvenes, en espacios como las escuelas confesionales o iglesias barriales.
En el marco de tales antagonismos se configuran prácticas juveniles, en muchos casos, identificándose con el feminismo y en otros con los movimientos de sectores conservadores. Sin embargo, la diversidad de experiencias escapa a planteos binarios entre adscripción o rechazo. Por ello, en este artículo propongo analizar movimientos y orientaciones en torno al feminismo, con el fin de comprender la formación de subjetividades juveniles en un contexto de efervescencia en la movilización feminista. En el planteo teórico de Sara Ahmed (2004/2017; 2006/2018), el movimiento es una forma de orientarse y entrar en contacto con un objeto. Algo se convierte en un objeto bajo la contingencia del modo en que nos afecta, por lo cual cabe preguntarse por las formas de afectación de aquello que aparece a nuestro alrededor: cómo registramos la proximidad de los objetos y los otros, a qué o a quien dirigimos nuestra atención y cómo ello configura el modo de habitar el espacio, así como la forma en que aprehendemos el mundo que habitamos de manera compartida.
A partir de un estudio realizado entre 2018 y 2020 caracterizaré tres movimientos en jóvenes estudiantes de secundaria: i. acercamiento, vivido en el registro de la identificación y la auto adscripción feminista, aunque puede presentarse como una aproximación ambivalente; ii. contacto fáctico, supone una afectación por lo que el feminismo trae como visibilización y desnaturalización de las desigualdades de género, aunque no haya reivindicación ni identificación con el feminismo; y iii. rechazo, fundado tanto en el repudio a la figura de la feminista como en las potenciales injusticias asociadas a la sobrevaloración de la voz de las mujeres. Junto a estos movimientos, surgen menciones de indiferencia ante este movimiento social y los debates que impulsa.
Caracterizaré, en primer lugar, el contexto de prácticas, discursos y actores en pugna, que enmarca los procesos subjetivos implicados en los movimientos analizados. Luego presentaré la estrategia metodológica y las categorías analíticas construidas.
En mayo del 2015 fue asesinada a golpes por su novio la joven de 14 años Chiara Páez. Su crimen fue uno más entre otros que se venían perpetrando con crueldad contra jóvenes. La reacción masiva en redes sociales impulsada por mujeres periodistas fue seguida por la convocatoria a una marcha el 3 de junio, con la consigna Ni Una Menos (NUM). En las multitudinarias manifestaciones realizadas en distintas ciudades del país se leyeron documentos que ponían el foco en el femicidio y la violencia machista y demandaban políticas al Estado. En sucesivas marchas los reclamos se fueron ampliando, en articulación con el Paro Internacional de Mujeres y con la lucha por el derecho al aborto legal, a partir del ingreso del Proyecto de Ley IVE en el año 2018, que finalmente logró aprobación tras una nueva presentación en el año 2020.
El NUM se identifica con una manifestación (las marchas), una consigna y un colectivo de mujeres; desde esa triple inscripción interpela las sensibilidades y tolerancias a la violencia de género, instala el tema en el debate público y da lugar a una renovación de los repertorios de acción feminista (Natalucci y Rey, 2019). Como colectivo, su composición es heterogénea e incluye diversidad de actores, referencias y trayectorias: movimientos feministas, mujeres de agrupaciones partidarias, de sindicatos, de organizaciones barriales, estudiantiles, colectivos LGTBIQ+ y personas no agrupadas (Abbate, 2018; Pis Diez, 2019). En términos generacionales, se interconectan experiencias militantes feministas desde la vuelta a la democracia en los años ochenta, con aquellas de jóvenes que vienen produciendo un fenómeno de cambio en los espacios educativos, las redes y las calles (Minici, 2018).
En un momento de fuerte activismo feminista en distintos países,1 una de las características del caso argentino es el surgimiento como sujeto político de las jóvenes adolescentes, quienes empiezan a ser representadas como las protagonistas del cambio social. Adquieren visibilidad por su capacidad de llenar las calles, debatir con periodistas, instalar consignas feministas en las redes sociales, exponer en el parlamento como estudiantes secundarias ante el debate por la IVE o convocar a Estudiantazos en apoyo a dicho proyecto, en articulación con el movimiento estudiantil a nivel nacional (Seca, 2019). Para Silvia Elizalde (2022) asumieron una participación protagónica, motorizadas más por la indignación y el hartazgo ante el machismo generalizado que por una militancia previa. Esto dio como resultado el acercamiento masivo al feminismo, donde aportaron presencia, expresividad performática y una marca generacional en las reivindicaciones sexuales y de género.
Junto con lo señalado, hay condiciones nacionales y locales que configuraron un clima de politización juvenil, que habría incidido en el acercamiento al feminismo. Durante los gobiernos kirchneristas (2003-2015) hubo un llamamiento a la juventud como nuevo sujeto de la política y una fuerte apelación a su militancia, que contrasta con la despolitización de la década del noventa y el comienzo del nuevo milenio (Barros y Martínez, 2019; Kriger, 2015). Asimismo, la formación de los centros de estudiantes y la articulación en colectivos inter escolares fue relevante para promover la participación en la juventud escolarizada (D’Aloisio y Bertarelli, 2012). En el año 2015, en la ciudad de Córdoba, se produce un movimiento de toma de colegios por la defensa de la educación pública, laica y gratuita, evento que aparece como parte del entramado de politización feminista. La ocupación de escuelas dejó como saldo un conjunto de estudiantes organizado y movilizado, que alentó la participación en marchas y el activismo de género en sus espacios educativos.
A partir del año 2018, los activismos feministas en torno a la legalización del aborto reactivaron otros debates. Se agudizó el reclamo por los derechos sexuales y reproductivos, la educación sexual con perspectiva de género y el uso del lenguaje no binario, entre otros. Las acciones en las calles y colegios se combinaron con el uso de las redes sociales. Las cuentas creadas por estudiantes con el nombre de sus escuelas se constituyeron en un espacio virtual que, además de contener relatos en clave de denuncia, hacían saber a quién hubiera sufrido algún tipo de violencia de género que podía compartirlo y que había compañeras dispuestas a ayudarlas y contenerlas (Faur, 2018; Palumbo y Di Napoli, 2019). La denuncia por violación que realizó Thelma Fardin en diciembre del 2018 contra el entonces popular actor Juan Darthes, apoyada por el Colectivo Actrices Argentinas, tuvo un importante impacto en la difusión de consignas como “No nos callamos más”, “Mira cómo nos ponemos” o “No es No”. El activismo en redes se extendió e intensificó durante la pandemia y las consiguientes medidas de aislamiento y restricción de contactos. En este marco, estudiantes con distintos niveles de organización, realizaron charlas virtuales sobre educación sexual integral o violencia de género, así como encuestas para relevar la situación sobre estos temas en el nuevo escenario sanitario y social.
Así como asistimos a un clima de encantamiento en el feminismo local por esta masiva presencia joven, resurgieron discursos que desalientan la politización de las chicas. La articulación entre ciertos sentidos de la política, del feminismo y de lo esperable en materia de participación desde una matriz edadista converge para estimular la individualización de las trayectorias adolescentes. El individualismo político y cultural —aquello que Ángela McRobbie (2007) llama post-feminismo— opera en la socialización de las jóvenes a través de incitaciones a participar en una gama amplia de prácticas sociales, educativas y de consumo, pero buscando desactivar su participación política feminista. En el caso argentino, según Elizalde (2015), el empoderamiento que el neoliberalismo le propone a las chicas es sinónimo de su inmersión en la cultura del consumo como terreno donde cifrar nuevas libertades y alentar la promoción individual.
Por otra parte, a medida que las jóvenes adolescentes fueron ganando protagonismo en las calles, surgieron discursos en muchos medios de comunicación que reprobaban sus prácticas activistas en el espacio público. Estas narrativas han construido a la “buena adolescente” como aquella que dirige la atención a su trayectoria individual de estudio y no a la participación política. Especialmente la calle aparecía como un como un lugar peligroso e inseguro para ellas (Lares et al., 2018).
En el contexto local, asimismo, ha sido notable la reacción conservadora ante la avanzada feminista, aquello que Juan Marco Vaggione (2007) ha denominado “politización reactiva”. Los movimientos autodenominados Provida se manifestaron en contra del aborto e instauraron el emblemático pañuelo celeste como marca de su posición. Del mismo modo se han expresado en contra de la Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas, demanda que desde el feminismo acompañaba al reclamo por el derecho a la IVE. Durante el año 2018 grupos de activistas conservadores lanzaron una campaña identificada con el hashtag #ConMisHijosNoTeMetas en distintos lugares del país, eslogan que había sido acuñado en Perú (Tomasini, 2019).
El escenario caracterizado permite ubicar nuestro objeto en un contexto de disputas, entre la notable masividad y capilaridad del feminismo y el rechazo promovido tanto desde discursos neoliberales como desde actores conservadores que tienen capacidad de presión en las escuelas. Estas dinámicas sociales y estos discursos culturales orientan los procesos subjetivos que me propongo comprender desde los conceptos de movimiento y orientación de Ahmed, como formas de entrar en contacto con el feminismo que producen determinados modos de afectación.
El material de campo analizado en este artículo fue producido entre los años 2018 y 2020 en el marco de un proyecto de investigación que estudia experiencias de género y sexualidad en escuelas secundarias de Córdoba.2 Dicho material se compone de: registro de tres talleres diseñados y coordinados desde el equipo de investigación en distintos colegios; entrevistas en pequeños grupos de estudiantes realizadas en seis establecimientos educativos; tres entrevistas grupales y una individual realizadas con jóvenes a través de la plataforma Meet, en el marco de las medidas de restricción de contacto por la pandemia de Covid-19 durante el año 2020.
En cuanto a la selección de contextos escolares buscamos combinar aquellos que han institucionalizado el trabajo en Educación Sexual Integral como parte del proyecto pedagógico, con otros que desarrollan acciones esporádicas y dependientes del impulso de actores movilizados a tal fin. A ello sumamos la búsqueda de diferentes tipos de agrupamientos estudiantiles, de modo que entrevistamos a jóvenes que participaban o no en centros de estudiantes u agrupaciones como comisiones y secretarias de género.
Para el análisis de la información realicé una lectura focalizada de las transcripciones con el fin de identificar temas emergentes sobre la relación entre jóvenes y feminismo. De manera inductiva elaboré el esquema categorial que se presenta en apartados siguientes, según aportes de la Grounded Theory (Strauss y Corbin, 1990), en la búsqueda por generar categorías y proposiciones y fundamentarla en los datos.
Los lineamientos éticos seguidos en la investigación se ajustan a las disposiciones para el comportamiento ético en las Ciencias Sociales y Humanidades del CONICET (Resolución 2857) y a la Ley 25 316, de Protección de los Datos Personales. Contamos con la autorización de las autoridades de las escuelas y cada participante del estudio manifestó asentimiento expreso e informado, lo cual incluyó el acuerdo con la grabación de los encuentros. Antes de cada taller y entrevista informamos los objetivos de la investigación, el destino de la información y el carácter voluntario de la participación. Aclaramos que podían retirarse del taller o la entrevista cuando lo desearan sin consecuencias en sus trayectorias escolares. Como parte de los acuerdos de confidencialidad de personas e instituciones, he modificado nombres de estudiantes y no menciono las escuelas.
En el activismo de género, en distintos espacios sociales, hay presencia de jóvenes trans, de género no binario y de varones cis género, aunque la representación del sujeto protagónico del NUM sean las “chicas” o las “pibas”. En el caso de este texto, los análisis referidos a las categorías de acercamiento y contacto fáctico se basan en relatos de estudiantes auto percibidas como mujeres; esto obedece a los datos emergentes en el trabajo de campo, ya que son ellas quienes dan cuentan de estos procesos. Mientras que la conceptualización de las dinámicas de rechazo e indiferencia se basan en lo dicho tanto por varones como por mujeres cis género.
El fenómeno de la “marea verde” fue analizado por la investigadora cordobesa Celeste Bianciotti (2021) como un ritual de paso hacia nuevas subjetividades e identidades políticas. María Victoria Seca (2019) señala que las nuevas posibilidades identificatorias en el contexto de irrupción masiva del feminismo comportan cambios en las trayectorias individuales de las jóvenes, que remiten a dos dimensiones: la autopercepción y el reconocimiento como parte de un colectivo mayor. Nuestros datos son coincidentes con estos estudios, aunque cabe señalar procesos y temporalidades distintas en el acercamiento al feminismo.
Muchas chicas empezaron a participar en movilizaciones y asambleas desde el 2015 como parte de un activismo previo en espacios estudiantiles, barriales o partidarios; otras se fueron sumando sensibilizadas por el tema de la violencia, al ser convocadas por sus centros de estudiantes o porque sus compañeras, profesoras, amigas o madres las invitaban a las marchas. En muchos casos, la necesidad de manifestarse estaba motivada por la bronca ante hechos violentos ocurridos en sus entornos cercanos, que eran construidos como “casos de inseguridad”, aunque con posterioridad fueran problematizados como situaciones de violencia de género o feminicidios. En las entrevistas realizadas con jóvenes que viven en localidades pequeñas de la provincia, observamos una temporalidad particular. Si bien algunas manifestaban cierta simpatía por el feminismo, no se sintieron convocadas a organizarse y manifestarse públicamente, hasta que se produjeron actos de violencia sexual contra vecinas de sus edades, durante el 2020, en pleno aislamiento social por la pandemia del Covid 19. Es ahí cuando algunas impulsaron la realización de acciones por redes sociales y la formación de un colectivo local: “el colectivo feminista de [nombre del pueblo] se formó hace poco por una chica que el padrastro era policía y hace muchos años la violaba y eso movilizó mucho al pueblo y se creó el colectivo”. (Luciana, entrevista grupal virtual, junio de 2020)
En cualquier caso, el acercamiento a las manifestaciones feministas fue relatado como una experiencia de apertura a lo colectivo: “ser muchas”, “juntarse” o “estar todas unidas”.3 Un conjunto de términos afectivo-cognitivos indican el modo de afectación que produjo entrar en contacto con el feminismo: “quererse más”, “aceptarse”, “amarse”, “tener más autoestima”, “abrir los ojos”, “abrir la mente”, “darse cuenta” o “sentirse en un mundo nuevo”. Un grupo de chicas que se auto adscribían a la clase media alta indicaron que esta nueva conciencia les permitía advertir lo invisibilizado en virtud de un blindaje de sentido propio de sus entornos:
Sí pasa, y pasa igual o peor que en otras clases sociales, y capaz que nosotros no lo vemos o no lo queremos ver. Nuestra burbuja no lo acepta, entonces es muy lejano, y capaz que ver esta problemática desde otro punto, o el hecho de decir “estás gorda”, “pintate”, son estereotipos que están como muy marcados y decís “bueno, eso también es…” y ver la violencia de género desde otro lado. (Mariana, entrevista grupal, abril de 2018)
En las narrativas del cambio de la relación afectiva consigo mismas a partir de la aproximación al feminismo, insiste un lenguaje de autoestima que redunda en la transformación de su cotidianeidad. “Quererse más” o “tener más autoestima” supone priorizar su bienestar por sobre el esfuerzo que implica sostener vínculos que provocan dolor. En sus propios términos: “dejas de aguantar cosas que te hacían mal” o “dejas de callarte cosas que te molestan”. Esta forma de reorientación del yo en el mundo intersubjetivo, como parte del proceso de subjetivación feminista, es especialmente significativa en la experiencia de muchas chicas que han sido socializadas desde discursos que promueven el desprecio por sus cuerpos gordos, la sensación de impureza porque tiene acné en su rostro, la vergüenza por sus cuerpos racializados o la vivencia de inadecuación porque sus rasgos físicos no se ajustan con parámetros de moda o belleza:
— No sé si a todo el mundo le pasó, pero hay opiniones, siempre están como criticando, como quitándote ciertas libertades que es lo que más he descartado. Sacar un montón de críticas o de cosas que a mí me cortaban la libertad…
— Te das cuenta de lo que vos mismas te haces cuando te decís que estás gorda. (Analía y Francisca, entrevista grupal, mayo de 2018)
Al mismo tiempo, la experiencia de fortalecimiento de sí mismas coexistía con otro modo de afectación: el miedo a ser heridas por los afectos negativos que se adhieren al significante feminista y que suele expresarse en gestos de desprecio. Temían ocupar el lugar de la “feminista agua fiesta” (Ahmed, 2010/2019) a la que se le atribuye “arruinar la atmósfera” al señalar el sexismo o el machismo. La etiqueta “feminazi” —neologismo que combina “feminismo” y “nazismo”— era usada para marcar o sancionar actitudes y comportamientos, como la vehemencia e implacabilidad al hablar, lo cual llevaba a algunas a ejercer autovigilancia en sus modales. No obstante, esto ha dado lugar a procesos de reflexividad que trascienden la asunción de una mascarada (McRobbie, 2007) para contrarrestar la potencial imagen agresiva. Les ha permitido problematizar “los modos” como parte de su estrategia activista:
Cómo transmitirles todo sin que sea una bajada de línea, entonces me parece que el feminismo está transitando esa incomodidad de cómo transmitirlo. Si es una imposición, qué pasa cuando les pibes sienten eso, cómo hacemos para que no lo sientan, me parece que también hay que abrir como el espacio de la escucha y no censurar en ningún momento, no reproducir lo que siempre nos impusieron a hacer. (Victoria, entrevista grupal, junio de 2019)
En suma, el acercamiento al feminismo era vivido como una transformación profunda de sí, ligada a la incorporación de una mirada del mundo que les permitía nombrar experiencias difusas de malestar e iniciar procesos reflexivos sobre las relaciones sociales, los vínculos próximos y sobre sí mismas en esos escenarios relacionales. Sin embargo, podemos pensar en ciertas restricciones en estos cambios. Como analizamos en otro trabajo (Tomasini y Morales, 2022), no siempre lo que podían hacer y decir en espacios de sociabilidad feminista era posible en otros ámbitos con códigos de regulación diferentes. El silencio para no confrontar o el uso del engaño y la simulación (como no contar que iban a las marchas o no decir abiertamente que eran feministas), aparecían como opciones para evitar conflictos en los vínculos con personas cercanas, en la familia, en la escuela, con amistades o en las relaciones sexo afectivas. Además, en algunos casos reconocían que, pese a esta nueva conciencia que les aportaba el feminismo, muchas veces se encontraban sosteniendo narrativas culturales o prácticas reproductoras de violencia de género.
En muchos relatos analizados prima la identificación con el feminismo, sus consignas y su repertorio de acciones. Sin embargo, existe una forma de acercamiento ambivalente en dos dimensiones: la forma y el contenido de la protesta. Algunas se han sentido “impactadas” negativamente por los modos de reclamo, considerados como agresivos:
Fue de las cosas que más me impactaron, es la forma un tanto agresiva de querer expresarse creo, hay algunas mujeres feministas que son muy agresivas en cuanto a su pensamiento, no en su pensamiento si no en su forma de expresarse, no estoy en contra de la forma, no me malinterpreten no es que estoy en contra de que las mujeres puedan andar con el torso desnudo, sino que lo considero agresivo y no sé si habrá otra forma para poder hacer valer el respeto, los derechos de las mujeres. (Paulina, entrevista grupal, mayo de 2018)
Esta construcción de sentido lleva las huellas de los discursos populares perceptibles tanto en las crónicas de los medios masivos de comunicación como en las conversaciones cotidianas. Frente a la masiva interpelación del NUM a la tolerancia social ante las violencias, insiste una línea argumental que deslegitima la lucha en virtud de la destructividad que supone pintar paredes de iglesias o edificios públicos o la inadecuación moral de las puestas performáticas, donde lo más cuestionado es marchar con el torso desnudo.
No obstante, el reparo ante los modos de la protesta se puede relativizar en el tiempo ante la falta de respuesta a los reclamos:
Al principio pensaba que estaba mal pero ahora me pongo a pensar, nos están matando y haciendo marchas no te escuchan, no te escuchan haciendo marchas comunes, está mal o sea tampoco está bien romper, pero todo está mal. (Luciana, entrevista grupal virtual, 2020)
La otra dimensión del acercamiento ambivalente hacia el feminismo aparece a nivel de los reclamos, tal y como lo decían algunas chicas: “Contra la violencia sí, a favor de la legalización del aborto no”; “algunos vamos por todos los puntos, otros por algunos”. Esta tensión apareció en el movimiento más amplio, ya que la exclusión del aborto en el documento de la primera Marcha del NUM en 2015 fue parte de una disputa y uno de sus argumentos fue que muchas mujeres víctimas de violencia machista y sus familiares eran religiosos, por lo cual, si se incluía esta demanda, se restaba apoyos a la convocatoria. Además, el caso de femicidio que había originado la primera movilización tenía que ver con una adolescente que se había negado a practicarse un aborto (Natalucci y Rey, 2018). De hecho, cuando la demanda por el aborto legal pasó a ser central en la agenda feminista, durante el año 2018, algunas chicas y algunos chicos dejaron de participar en las manifestaciones.
Estos desacuerdos muestran que asumirse feminista no es un proceso univoco y no clausura diferencias en temas nodales a la lucha del feminismo. Aunque haya puntos en común, existen diversidad de discursos y necesidad de afirmar la propia diferencia dentro de esa identidad política (Olarte Roso, 2016). La politización adolescente acontece en una dialogicidad donde negocian convergencias y divergencias con los feminismos, además de elaborar y resignificar los estigmas y los afectos negativos asociados al feminismo. Para muchas, asumirse feminista implicó una temporalidad durante la cual debieron reprocesar en la conciencia, como una “lucha interna”, los conflictos intersubjetivos:
Más allá de que sea una lucha social también es una lucha interna, yo me considero feminista pero antes me daba cosa la palabra; decía: “no, no soy feminista” y al final yo creo que pasaron cosas estos últimos años que a mí me hicieron reflexionar y cambiar un montón de cosas. (Malena, entrevista grupal, mayo de 2018)
Las investigadoras inglesas Jessica Ringrose y Emma Renold (2016) han hablado de “feminismo de facto”, para denominar a aquellas experiencias de adolescentes en las que advierten huellas discursivas del feminismo o resistencias a la feminidad normativa, aunque las chicas no se auto perciban o definan como feministas. En un sentido similar, propongo que hay un modo de afectación fáctica por lo que el feminismo trae a la vida social en términos de visibilización y desnaturalización de las desigualdades y violencias de género. Sin embargo, esto no trasunta en la auto adscripción al feminismo ni en el involucramiento en acciones en el espacio público. Es decir, muchas jóvenes registran un cambio de época que modifica su comprensión de las relaciones, pero ponen en foco una transformación generacional que las lleva a tener mayor apertura en comparación con las personas adultas de sus entornos cercanos.
Tal afectación encuentra una forma de expresión en la esfera de las decisiones personales y en la vida de todos los días. Algunas jóvenes decían cuestionar insistentemente a sus madres por soportar la violencia de sus parejas:
Ya te cansa de que se quejen con vos pero que no cambien las cosas. Lo hablé con mis hermanos, mi hermana es más abierta como yo y me dice “ya, ella se crió de otra forma”, por más que vos quieras hacerlo no va a cambiar porque es esperar que vos vivas sola y despegarte de esas situaciones, pero te da lástima porque es tu propia mamá o tu otro papá que… que capaz hacen ciertas cosas que vos no podés cambiar. (Registro de taller, abril de 2018)
En este relato se advierte un cambio en los umbrales de sensibilidad respecto del trato hacia las mujeres, que las generaciones mayores todavía deben experimentar como un proceso de deconstrucción social y subjetivo (Palumbo y Di Napoli, 2019). Del mismo modo, aparecían cuestionamientos a las desigualdades en la división sexual del trabajo doméstico y de cuidados en sus familias o reclamos para participar en ciertas actividades antes vedadas para ellas, como jugar al futbol. Es decir, que las situaciones otrora naturalizadas se empiezan a configurar como injustas o ilegítimas y reclaman su transformación.
La idealización de las adolescentes al ser vistas como nuevos sujetos del cambio socio cultural, se ha producido de forma simultánea con el repudio a su participación por parte de otros sectores. Durante el 2018, cuando se realizaban las vigilias a favor de la legalización del aborto, algunos periodistas entrevistaban a las chicas y las cuestionaban por su activismo, buscaban evidenciar que no sabían porque estaban luchando o les indicaban que deberían estar en la escuela estudiando y no en la calle protestando. Del mismo modo, como ya señalé, el repudio al feminismo en Argentina es intensamente promovido desde sectores conservadores. Las campañas en las iglesias, escuelas confesionales y redes sociales han buscado generar pánico moral (Rubin, 1989) presentando al feminismo y los movimientos LGTB como una fuerza corruptora que adoctrina en “ideología de género” a la infancia y juventud (Tomasini, 2019).
Las estudiantes activistas en las escuelas “van contra la corriente de los guiones de género”, manifiestan su malestar por seguir haciendo las cosas tal como se espera y de ese modo se convierten en una “categoría problemática” (Ahmed, 2010/2019, p. 137). El rechazo hacia ellas podía provenir de sus docentes como de compañeros y compañeras y se condensaba en la figura de la “feminazi” como categoría estético moral que asocia a la feminista con una persona “agresiva”, “exagerada” o “lesbianas” (dotando a este término de sentido peyorativo):
— Queríamos tener las herramientas para poder defendernos nosotras, porque nosotras siempre fuimos a las marchas y siempre fuimos criticadas por eso, nos decían que éramos hippies, feminazis (se ríen), revolucionarias, los profesores por ahí te ven la mochila y el pañuelo y te tachan digamos.
— Cuando nos dicen feminazis buscan herirnos, nos tratan de histéricas, locas, violentas, lesbianas. (Mariana y Francisca, entrevista grupal, mayo de 2018)
Por su parte, quienes no se identificaban con el feminismo caracterizaban a las activistas como “seca mente”: aquella que defiende con vehemencia e insistencia su posición, intentado convencer al interlocutor, razón por la cual termina “cansando”. La “seca mente”, en esta lógica argumental, puede ser también la que busca aniquilar el pensamiento contrario o a su portador: “tenerla de amiga era como, “vos no tenés el mismo pensamiento que yo, te destruyo”, decía una chica en referencia a otra compañera. Estas imputaciones surgían con mayor fuerza cuando referían al contexto del debate por la legalización del aborto. Este ha sido un tema controversial en muchas escuelas argentinas que generó climas de tensión, polarización de posiciones y hostilidades.
Otro cuestionamiento hacía foco en las nuevas injusticias que el feminismo habría traído al conceder primacía a la versión de las mujeres en situaciones de violencia y abuso. Afirmaban que: “se defiende en vano por el solo hecho de ser mujer, aunque sea mentira lo que dice”. En un sentido similar, una expresión recogida en un taller condensa la crítica frecuente a la preminencia otorgada a la violencia contra las mujeres por sobre otros grupos: “Está bueno decir y compartir el dicho “Todos por todos. Ninguno menos”; idea que diluye la especificidad del concepto de violencia de género.
Además de las posiciones caracterizadas, han surgido reacciones de indiferencia hacia el feminismo y los temas de debate que instaló en los últimos años. “Me da lo mismo” o “no me interesa”, fueron algunos enunciados para posicionarse ante discusiones en la escuela. Desde la interpretación de algunas estudiantes activistas la indiferencia hacia el feminismo era una posición característica de “los varones”. Su “falta de interés” radicaría en que a ellos “no lestoca”, dando cuenta de los distintos modos de afectación de los cuerpos en el espacio físico y social:
También decir “no, yo como hombre no puedo ir a una marcha feminista”, también considerar que al hombre no le afecta, muchos creen que el machismo no le afecta al hombre, o que en el feminismo la mujer quiere ser solo ella la que sufre. (Sofía, entrevista grupal, julio de 2019)
Creo que sienten que es solamente centrado en la mujer y nada más, no les interesa. Igual siempre existe algún pibe que participa, habla, hace las actividades, pero igual lo veo en general a nadie le importa mucho porque “a mí no me toca”. (Candela, entrevista individual virtual, julio de 2020)
De todos modos, en el marco de la investigación no pudimos indagar el sentido que dichos enunciados asumían para los propios varones que manifestaban su indiferencia. En parte, porque al preguntar por las razones de su posición no obteníamos mayores respuestas. Sin embargo, posicionarse de ese modo podría ser una manera de evitar conflictos con sus pares, en climas de polarización y hostilidad al debatir ciertos temas como el aborto o el machismo.
La impronta adolescente en el feminismo local es un dato insoslayable, así como lo es la relevancia que muchas chicas le otorgan a su politización feminista como parte de un proceso de transformación subjetiva. Entrar en contacto con el feminismo implicó una experiencia de apertura a lo grupal y colectivo que generó nuevos espacios de acción conjunta y potenció la problematización de las normas de género. La proximidad corporal o simbólica con otras, conocidas o anónimas, que viven o podrían vivir situaciones de violencia similares y entre quienes proyectan la vida en un horizonte menos opresivo, es una experiencia de fortalecimiento de sí mismas, que fue registrada como una intensificación afectiva: “empezar a quererse más”.
Si bien el feminismo es un espacio que habilita nuevas prácticas y sentidos, algunas lo habitan con mayor comodidad que otras. La incomodidad se vería acentuada entre quienes no se sienten identificadas plenamente con las demandas del colectivo o con ciertos repertorios de acción. Es posible que la actitud de “bajada de línea”, tal como reconocían críticamente las propias activistas, donde algunas se posicionan desde un “deber ser feminista” para señalar a otras una adhesión insuficiente, contribuya a incrementar la incomodidad en aquellas que se acercan de modo ambivalente.
Otras jóvenes se han visto afectadas por una experiencia de transformación, aunque la construían como un asunto generacional. Se sentían inmersas en unclima de época que les permitía interpretar críticamente escenas de su vida cotidiana: la violencia que padecen mujeres cercanas, la homofobia, las desigualdades en la división sexual del trabajo doméstico y de cuidados en su familia o los estereotipos de género que impiden participar en ciertas actividades. No se referenciaban en el feminismo y en su registro experiencial no se sentían afectadas por este movimiento en términos identitarios o como horizonte de sentido de sus prácticas.
La narrativa común a ambas experiencias, caracterizadas como acercamiento al feminismo y como modo de afectación fáctica, define un modo de habitar el espacio social a partir de la habilitación de sí mismas como sujeto con voz propia, capaces de priorizar sus deseos por sobre las normativas culturales que materializan en las expectativas de sus contextos próximos. Esto se vincula con “dejar de aguantar” como performativo que permite romper el ciclo previo de sometimiento o complicidad con el silencio ante la violencia y la desigualdad. Sin embargo, señalé algunas restricciones a lo que podían hacer y decir en distintos espacios y ámbitos de interacción, lo que las llevaba en muchos casos a desarrollar estrategias para no confrontar o evitar conflictos.
Estos movimientos coexisten con la distancia hacia el feminismo, que en algunos casos asumía la forma de repudio y en otros de indiferencia. En el primero, la afectación que les produjo el feminismo se expresaba como rechazo ante algo amenazante; por un lado, la feminista como una figura repudiable por su agresividad y destructividad, por otro lado, el movimiento mismo y las injusticias que traería, como las posibles falsas denuncias por violencia o la desconsideración de la violencia hacia otros grupos. Mientras que la indiferencia se vinculaba con un sentido de ajenidad ante el feminismo ya que los asuntos por los que lucha no les conciernen.
En los relatos de repudio podemos advertir resonancias con los discursos de sectores conservadores que generan un clima de pánico moral en torno al feminismo. Algunos análisis propios (Tomasini, 2019) como de otras investigadoras (Faur, 2018) indican la capacidad de presión de tales actores, sobre todo vinculados a las religiones, en la educación infantil y juvenil. No obstante, se requiere profundizar sobre la incidencia que tienen los sectores conservadores en la configuración de prácticas y discursos de jóvenes en diferentes contextos. Como señala Silvia Servetto (2014) en su análisis sobre la socialización en escuelas católicas de Córdoba, es clave considerar: las diferencias entre congregaciones religiosas como corrientes de pensamiento que marcan una línea ideológica; las instituciones educativas singulares que hacen efectivo el trabajo educativo y dan lugar a una diversidad de experiencias escolares; las familias y los circuitos de sociabilidad extra escolar, donde se procesan los cambios epocales que irrumpen de diversas maneras en las relaciones sociales.
Las nociones de movimiento y orientación de Ahmed han resultado productivas como clave de lectura en un escenario complejo donde se vinculan las juventudes con el feminismo; permite captar tensiones y ambigüedades en las transformaciones. Por un lado, las categorías construidas tienen límites porosos en cuanto a los procesos subjetivos que intentan aprehender. Con ello quiero señalar, por ejemplo, que algunos sentidos ligados al rechazo pueden inscribirse en las percepciones de aquellas que protagonizan un acercamiento al feminismo. Aún identificándose con este movimiento político, hay incomodidades con las formas expresivas que asumen las feministas y, al dar cuenta de ello en los relatos, aparecían resonancias con los discursos de repudio a la feminista como categoría estético moral.
Por otro lado, se trata de procesos más que de posiciones o de identidades establecidas. El acercamiento y la identificación feminista, tanto como el rechazo, no son actos totalizadores ni puntos de llegada inmodificables. El repudio puede morigerarse, relativizarse y transformarse, igual que las identificaciones, porque son procesos dependientes de los contextos, las coyunturas y las situaciones vividas. Así lo han evidenciado algunos relatos de chicas que no se habían sentido interpeladas de modo significativo por el NUM, incluso veían con recelo ciertas formas de protesta feministas, y su mirada empezó a cambiar a partir del conocimiento de situaciones de abuso sexual o violencia padecidas por chicas de sus pueblos. A la inversa, algunas que marcharon con fervor en las primeras convocatorias del NUM en contra de los feminicidios, se distanciaron del colectivo cuando la demanda por el aborto legal adquirió centralidad.
Los movimientos en torno al feminismo sólo pueden ser leídos contextualmente. Las observaciones realizadas en este trabajo son tributarias de la efervescencia del Ni Una Menos en Argentina. Hoy nos encontramos en otra coyuntura, luego de la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2020), cuya demanda movilizó una intensa energía militante, en las marchas, vigilias, asambleas, toma de espacios educativos y redes sociales. La sanción legal de un derecho largamente reclamado, y apropiado generacionalmente por las jóvenes que pusieron el cuerpo en la calle, modificó el escenario en términos de causa convocante para la participación política feminista masiva. A su vez, la irrupción de la pandemia de Covid-19, las medidas de aislamiento y distanciamiento social concomitantes interrumpieron la presencialidad en las escuelas. Esta situación puso en el centro otras urgencias, como garantizar la escolarización a todo el estudiantado ante el aumento exponencial de las desigualdades para el acceso a la educación. Algunos datos incipientes de nuestro trabajo de campo (Tomasini, 2022) indican que las acciones activistas de estudiantes secundarias se articulan actualmente en torno a la violencia y a la demanda por Educación Sexual Integral. Asimismo, tales demandas y acciones presentan un carácter localizado en cada realidad socio escolar, en parte por las afectaciones desiguales que dejó la situación sanitaria, la virtualización de la enseñanza y el retorno a la presencialidad en las escuelas.
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MARINA TOMASINI
Investigadora Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Integrante del área Feminismos, Género y Sexualidades, Centro de Investigaciones María Saleme de Burnichon, FFyH. Profesora Titular en la Facultad de Artes, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Investigadora en la Universidad Siglo 21. Investigadora en el proyecto Activismos de género de mujeres jóvenes. El “empoderamiento” de las chicas y la persistencia de prácticas violentas. Un mapa nacional, dirigido por la Dra. Silvia Elizalde y subsidiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica de Argentina.
marina.tomasini@unc.edu.ar
https://orcid.org/0000-0003-4357-287X
FINANCIAMIENTO
Este trabajo estuvo parcialmente financiado por la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, y la Universidad Siglo 21, Argentina.
AGRADECIMIENTOS
A las integrantes del proyecto “Afectividad y prácticas de educación sexual”, a Silvia Elizalde y a Merarit Viera Alcázar, porque el diálogo con todas ellas ha sido fundamental en la elaboración de mis análisis.
FORMATO DE CITACIÓN
Tomasini, Marina (2022). Juventud y feminismo en Argentina. Movimientos y orientaciones de estudiantes de escuelas secundarias de Córdoba. Quaderns de Psicologia, 24(3), e1720. https://doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.1720
HISTORIA EDITORIAL
Recibido: 03-12-2020
1ª revisión: 12-01-2022
Aceptado: 05-10-2022
Publicado: 30-12-2022
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1 En México las jóvenes han protagonizado marchas en contra de las violencias, violaciones y asesinatos de mujeres (Viera y Salas, 2020). En 2018 se da un movimiento de ocupación de liceos y universidades por parte de estudiantes chilenas y se producen masivas manifestaciones de mujeres en España en contra de la sentencia judicial del grupo denominado “La Manada”, con hashtags y consignas como: #YoSíTeCreo y “no es abuso, es violación” (Larrondo y Ponce Lara, 2018). El movimiento viral #MeToo en las redes sociales surge en 2017 para denunciar abusos y agresiones sexuales, a raíz de la denuncia contra el productor cinematográfico Harvey Weinstein. El hashtag fue popularizado por la actriz Alyssa Milano, aunque remonta a un movimiento creado por la activista Tarana Burke en 2006 para atender a jóvenes de comunidades marginadas que sufrieron violencia sexual. En torno a este movimiento se señala la invisibilización de una idea originada una década atrás por una mujer negra y la concesión de todo el crédito a una mujer blanca (Onwuachi-Willig, 2018).
2 Proyecto Afectividad y prácticas de educación sexual. Subsidiado por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Córdoba.
3 Si bien se ha construido mayoritariamente como una lucha de las mujeres, en algunos grupos de estudiantes más que en otros, el espacio de activismo era concebido como un ámbito de acción conjunta entre las mujeres y las “disidencias”. Así, un grupo de estudiantes, acompañadas por algunas docentes, realizaron la primera asamblea de mujeres, lesbianas, travestis, trans y personas no binaries, el 8 de marzo de 2019 en ocasión del Paro Internacional de Mujeres.